sábado, 25 de junio de 2011

Robert Schumann. Kreisleriana, Op.16. Vladimir Horowitz


Robert Schumann es un músico alemán. Escuchemos su latir brusco de juventud. Las composiciones de este músico probablemente sean las más dignas creaciones románticas en el único instrumento posible que verdaderamente las soporta. La polifonía acogedora y la sumisión forzosa del piano responden con facilidad a los cabezazos del amor y la locura discordante del artista. Genuinamente romántica es la lucha carnavalesca de sus sentimientos a través de la novela vital que nunca hubiera sospechado el ingenio de su literatura.
La culpa del sentimiento romántico proviene muy a menudo de la mujer y del deseo. También de la impaciencia. Es por ello que se propaga con facilidad entre los artistas del mediodía.
La ruptura aparente de las formas clásicas irrumpe en un espacio sobrehumano que toma la personalidad propia y su emoción como lo más valioso de su ceñido mundo. El artista romántico procura la libertad (tan absurda en esos términos por absoluta) como expresión de su propia humana significación y de un deseo imposible de apaciguar. Las reglas de la razón se tensan bajo los propósitos subyacentes de la Naturaleza.
El aullido romántico adolece a menudo de un juicio todavía inmaduro pero profundamente despierto a las emociones tempranas. Es el mejor caldo para el nacimiento de una verdadera emoción. Sírvase ésta del sentido y la experiencia en el interminable quehacer de la razón y obtendremos los resultados que derivan del sufrimiento.

En 1838 Robert Schumann tenía 28 años y alcanzaba el cénit de su madurez artística. Sus circunstancias personales le fueron tremendamente propicias a la época que vivió. Intérprete dolido y frustrado del piano pudo encontrar en el afanoso amor de Clara Wieck el modo de concebirse y expresarse en aquella música que contínuamente le dedicó. Nunca compuso en verdad con tanta belleza por él sino para ella; cuando al final disfrutara su amor se agotaría su fuente y su sentido musical para siempre. Hubiera de existir otro amor intrincado, siempre latente en las costillas hirvientes del genio, que le permita mantener al hombre su entereza a lo largo de una vida.
A partir de 1840 el Schumann rebosante de otra alegría ya no se acercará al piano de la misma manera, le necesita menos y casi olvidará su tiento. Es entonces cuando componga esas mediocres y sufribles obras de cámara y orquestales. Excepción aparte son sus inmediatos lieder, los más bellos cantares populares nunca escritos.
Pero su mejor música para piano es arrebatadora y directa, como una fiebre que ha dejado de doler en los giros entrecortados del baile. Tiene el ímpetu de un lúcido borracho y el purpúreo desplomo de un torpe en extremo elegante.
"Las ideas musicales de Schumann son perfectas y completas en su exposición primera, pero raramente justifican un desarrollo." Se acumulan en un contraste de escenas tan amplias y bien construidas que a menudo no se distinguen los pasos eufóricos entre el bullicio mental del orquestador. Se descubrirá él mismo sobre la marcha decidiendo audaz hacia dónde va.
La pasión de este músico nos empuja con una fuerza tal que relega el contenido de su lirismo. La inteligencia obsesiva y la coherencia rítmica de sus pasajes encumbran la belleza de sus aspiraciones. Tras sentirse calurosamente comprendido nunca más necesitó recurrir a sus más certeras explicaciones. Apaciguó su alucinacion en la compañía de una indulgente y "precaria felicidad".

Kreisleriana es una obra maestra (qué distintas alturas para tan diferentes obras maestras) que habremos de escuchar íntegra. Como los Estudios sinfónicos o la Fantasía en do mayor responde al más exquisito espíritu romántico, emparentado directamente con la música de Frédéric Chopin, a quien dedica orgulloso esta significante obra. Verdaderamente sólo él y Chopin personifican el nudo de esta música de embriaguez tan particular. Schumann destilará fraseos de mucho más amor y desesperación carnal sin abusar de los amaneramientos de Mendelssohn ni el aberrante y vacio tejido virtuosístico de la música de Franz Liszt. Brahms será su más genuino continuador siempre seguro en la imagen y formalismo de Beethoven.

La séptima y corta pieza de esta obra no olvida el sombrío tenebrismo que remansa siempre los movimientos que se encabalgan al espasmo. Con plena fuerza estudiada que aspira a agotarse pronto, aglomera en sus manos el carácter universal de la mujer. Música intempestiva, dócil por interesada, de moral y sensibilidad abruptas. "Tú y mi pensamiento en tí dominan completamente en ellas...te reconocerás..."
El genio musical de Schumann alzó incólumne la belleza que inmediata se reconoce hundida al pecho descubierto de la mujer. También ahí se evidencia lo que es verdaderamente un hombre.
Para tocar bien Kreisleriana hay que vestir pajarita o corbata y olvidar al momento que la lleva uno. El público en silencio puede que hasta sea aquí provechoso, es música hecha para impresionar. Nunca toquemos la mejor música de Bach en concierto, grabémos su voz en la clausura del estudio.
Vladimir Horowitz interpretó esta obra a menudo en auditorios. Las grabaciones más asombrosas han sido desgraciadamente mal recogidas. Tiene uno la sensación de llegar tarde a un concierto y escuchar con disgusto por las escaleras cómo brota el manantial del entusiasmo.
Esta grabación en estudio de 1969 para la CBS no es tampoco lo suficientemente cristalina a la pureza de esta música que debe saltar por los aires.
Pero la maestria de Hórowitz es aquí inigualable. Es en poesía, tenaz y exacto. Nos mira con una sonrisa de superioridad para exhortarnos al juego. Domina su arte con tanta seguridad que puede tomárselo, muy a su placer, en serio.
Constituye, sin embargo, un vertiginoso arroyo de primavera que el tiempo hará por enterrar.

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